LA LLORONA, UNA LEYENDA GUANACASTECA MUY ACERTADA EN CUANTO A NUESTRA IDIOSINCRASIA.

Guanacaste, igual tiene dentro de su tradición, cosas heredada de nuestros ancestros, gran cantidad de cuentos, mitos y leyendas, que han pasado de generación en generación y aún hoy, sobre todo en las áreas rurales se les escucha. Son conversaciones de misterio, de mucha imaginación y sobre todo parte importante del talento de nuestro pueblo. Esto, parte de nuestra idiosincrasia, son las leyendas de muertos, aparecidos y milagros de personajes reales o inventados que la gente de antaño recreó en situaciones extraordinarias, ya sea para dejar una enseñanza al oyente, casi siempre los niños, o para exagerar la realidad. Algunas de las que se presentan son las más conocidas y representativas de nuestro terruño.

En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río  Tempisque, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.

Es una voz de mujer que solloza, que vaga por las márgenes del riachuelo buscando algo, algo que ha perdido y que no hallará jamás. Atemoriza a los chicuelos que han oído contada por los labios marchitos de la abuela, la historia enternecedora de aquella mujer que vive en los potreros, interrumpiendo el silencio de la noche con su gemido eterno.

Era una pobre campesina cuya adolescencia se había deslizado en medio de la tranquilidad escuchando con agrado los pajarillos que se columpiaban alegres en las ramas de los higuerones vecinos. Abandonaba su lecho cuando el canto del gallo anunciaba la aurora, y se dirigía hacia el río a traer agua con sus tinajas de barro despertando, al pasar, las vacas que descansaban en las cunetas de desagüe del camino.

Era feliz amando la naturaleza; pero una vez que llegó a la hacienda la familia del patrón en la época de verano, la hermosa campesina pudo observar el lujo y la coquetería de las señoritas que venían de San José. Hizo la comparación entre los encantos de aquellas mujeres y los suyos. Vio que su cuerpo era tan cimbreante como el de ellas, que poseían una bonita cara, una sonrisa trastornadora, y se dedicó a imitarlas.

Como era hacendosa, la patrona la tomó a su servicio y la trajo a la Capital donde, al poco tiempo, fue corrompida por sus compañeras y seducida por un jovencito de esos que, en los salones, se dan el tono con su cultura y que con frecuencia, amanecen completamente ebrios en la casa de tolerancia. Cuando sintió que iba a ser madre, se retiró de la capital y volvió a la casa paterna. A escondidas de su familia dio a luz una preciosa niñita que arrojó enseguida al sitio en donde el río era más profundo.

Después se volvió loca y, según los campesinos, el arrepentimiento la hace vagar ahora por las orillas de los riachuelos buscando el cadáver de su hija que no volverá a encontrar.

Esta encantadora leyenda guanacasteca es la representación más ingenua de esas jóvenes que caen y que se niegan a cumplir el más elemental de los deberes animales, cual es el de criar a sus hijos; los abandonan y los hacen morir por miedo a la opinión pública cuya justicia las arroja a la comunidad para evitar el mal ejemplo: se ha dado a creer, por algunos, que se evita el mal ejemplo impulsando hacia el vicio a esas mujeres sin ilustración.

(Edgar Cantón)

Diario Digital El Independiente. 

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