LOS NIÑOS SIN MAMÁ. (Cuentos Viejos / María Leal de Noguera)

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Éstos eran dos muchachitos, mujer y varón, que no tenían mamá.
Vivían íngrimos con el papá en un lugar muy apartado de la ciudad.
Desde buena mañana la muchachita se pegaba a la piedra y daba compasión verla paradita sobre unos cuantos cajones para poder alcanzar el moledero. El hermanito que era mayor se iba todos los días a la huerta con el papá a desyerbar la milpa o los frijoles y a traer las vacas para ordeñarlas.

Por las tardes el padre sentado junto a la puerta los mecía en sus rodillas y los tres sin decir nada pensaban en la buena mamá que se había ido en una caja negra. Otras veces los niños pedían permiso para ir donde la única vecina que había para jugar en compañía de dos niños que ella tenía, mujer y varón también y casi de la misma edad. Cuando llegaban, la señora les hacía cariño y les daba tortilla de queso untada de miel. Al oscurecer volvían los chiquillos llenos de alegría y le decían el papá:
-“ Papacito! Dígale a esa señora que se venga a vivir a nuestra casa; viera que buena que es, se parece a la mamá que se fue porque nos besa y nos da tortilla de queso untada de miel!. –

“Ay, hijitos, hoy serán sopitas de miel y mañana serán de hiel” – decía el papá!

Los muchachos no entendían, pero se dormían pensando que nada sería mejor que tener a la vecina por mamá. Y en sueños saboreaban la tortilla con miel.

Pasaron muchos días más y los niños siempre contaban primores de la vecina; hasta que por fin el papá se casó con ella y vino a ser la mamá de los huerfanitos. Por supuesto que se trajo los suyos también.

Al principio todo iba bien; la nueva mamá era un ángel y en la casa hubo alegría. Pero… ay! … A la segunda semana las caricias se volvieron regaños, moquetes, pellizcos, para las pobres criaturas sin mamá. Las tortillas de queso no volvieron a probarlas, los otros si que las comían hasta reventar! Ni si quiera volvieron a jugar juntos. La niña siguió siendo la criada de sus hermanastros; además tenía que cocinar, ordeñar las vacas y qué sé yo! cómo si fuera una mujer grande.

El hermanito pasaba en compañía del perro y el gato con quienes comía y jugaba. Toda travesura, todo lo malo que resultaba en alguna cosa, las pagaban los pobres motitos.

Por añadidura, la niña tenía el pelo color de oro, crespo, suelto y tan largo que casi le llegaba a las corvas; pues esto llenó de envidia a la mujer y para que se le echara a perder no la dejaba peinarse. De milagro no pensó en cortárselo!
Así las cosas, la niña comenzó a ponerse tan delgadita y pálida que ya no se conocía; pero así enclenque tenía que madrugar a preparar el desayuno y demás quehaceres a que la obligaban; hasta que un día en que su papá y su hermanito habían mañaneado al monte en busca de venados, ya no pudo más y llorando suplicó a la madrastra la dejara quedarse en la cama porque tenía un dolor agudo en el pecho; pero la respuesta fue un gran moquete que la tumbó de espaldas sobre la viga de la puerta, no se levantó más porque dió con la cabeza en la viga y fue tan grande el golpe que la dejó sin vida … sólo extendió los bracitos y medio abrió la boca como si fuera a decir algo.

Comprendió la mujer su mala acción y apresuradamente con sus hijos se llevaron el cadáver como si fuera el de un animalito, a un rincón del potrero. Allí hicieron un hueco y la enterraron, pero por la precisa no se fijaron que las trenzas habían quedado de fuera. Aconsejó a los niños para que dijeran al papá que una fiera se la había comido cuando fueron a recoger leña.

Vino el señor y preguntó: Y mi hijita?

Ay, ay, ay, -lloriqueó la mujer – a nuestra hijita se la comieron los coyotes cuando fue a traer leña con los muchachos.
Y se untaba saliva en los ojos para que creyeran que de veras lloraba.

Una tarde de fue el hermanito a traer zacate tierno para los terneros y viendo una hermosa macolla se dirigió a ella para cortarla.
No bien, había levantado el machete para cortarla cuando oyó una voz dulce y suplicante que decía:

Ay, hermanito, no me cortes el cabello!

De nuevo intentó cortarla y otra vez la voz salió como de debajo del suelo:

Ay, hermanito, no me cortes el cabello!

Corrió el muchacho y se lo contó todo el papá casi llorando, porque aquella voz era la de su hermanita.
Regresaron juntos al potrero y esta vez el papá hizo que cortaba y la voz de oyó de nuevo:

Ay, papacito, no me cortes el cabello!

El contestó llorando como un niño con la cara entre las manos.

Hijita, hijita de mi alma! Quién te tiene bajo el suelo?

Ay, papacito, las sopitas de miel que muy pronto fueron de hiel!

El buen hombre sintió que se le endurecía el corazón y las lágrimas no rodaron más. Tomó el niño en una mano, el machete en otra y echó a correr hacia la casa. Cuando llego nadie había ya, la mujer había huido monte adentro con los hijos. Todo lo había oído y tuvo miedo de la ira del padre. Pero Dios se encargó de castigarla, porque al pasar junto al hueco de un árbol viejo, salió de pronto una boa, se le enroscó en el cuerpo y en un santiamén se la tragó. Los chiquillos huyeron a llanto vivo hacia la casa, porque no iban muy lejos todavía.

Al llegar contaron lo sucedido a la mamá, así como también la muerte de la niña. Llorando suplicaron al buen hombre los dejara vivir en su compañía, prometiendo ser buenos y juiciosos, aquel hombre no era malo y abrazando al mismo tiempo las tres criaturas infelices, sintió de nuevo el corazón blando y los ojos húmedos de lágrimas.

En adelante y en las tardes a la luz del crepúsculo, mecía los 3 niños en sus regazos o iban juntos a acariciar la hermosa mata de zacate.

Fin.

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