LA MANO PELUDA (Cuentos viejos de María Leal de Noguera)

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LA MANO PELUDA
(Cuantos viejos/María Leal de Noguera)

Éste era un viejecito que tenía tres hijas muy lindas; pero la menor era aún más bella porque tenía buen corazón y era muy humilde.

El viejecito había dado palabra de casar a sus hijas con el primero que pidiera su mano y por orden de edad.

Así fue; las dos mayores pronto contrajeron matrimonio con unos señores muy ricos y la menor aún permanecía soltera mucho tiempo después de haberse casado sus hermanas. Pero ella vivía muy contenta, cuidaba al viejecito con gran esmero, y adornaba diariamente la casa con flores, como si estuvieran de fiesta.
Un día, cuando menos lo esperaba el viejito, oyó una voz en el cielo raso que decía:

– Yo quiero casarme con tu hija menor.

El volvió la cabeza y se le apareció una mano peluda con tamañas uñas que parecía la del malo, y que volvió a decir:

– Yo soy la mano peluda y quiero casarme con tu hija menor.

El viejito no hallaba qué contestar; ya iba a decir que no le daba su niña, pero recordando la palabra dada, tuvo que decir que estaba bien, y la niña hermosa y buena tomó por marido aquella horrible mano.

Las bodas se celebraron en silencio, únicamente entre los familiares, porque así lo pidió la Mano Peluda. Terminada la ceremonia, dijo a la niña que al día siguiente mandaría por ella, que primero vendría una brisa suave y olorosa a arreglarle el cabello y el traje; después vendría un viento fuerte que esparciría flores en el camino y por último una tempestad.

Al amanecer del siguiente día, la niña se despidió de su padre con mucho pesar; se despidió también de sus flores y de los pajaritos de su jardín. Dicen que las flores se inclinaron marchitas y los pajaritos no volvieron a cantar.

No tardó la brisa en dejarse sentir suave y olorosa. Vino después un fuerte viento que regó de flores en camino y por último una gran tempestad que elevó a la niña como una plumita y sobre una nube la llenó de admiración. Como estaban abiertas puertas y ventanas y se oían acordes de una música divina, la joven entró, aunque poco temerosa, y viendo una cama muy bien arreglada, se acostó para descansar. No tardó en dormirse profundamente. Más tarde, cuando despertó, vio en una habitación inmediata una mesa bien provista, y oyó una voz en tono amable que le dijo:

– Hermosa joven, ven a saciar tu apetito con esos manjares; este palacio y todo lo que hay en él es tuyo; tú estarás muy contenta siempre, pues serás complacida aun en los caprichos más insignificantes.

Acercóse la joven a la mesa; entonces dejóse oír de nuevo la música que hacía pensar en la gloria celestial. La niña estaba conmovida y pensaba en la soledad de su anciano padre.

Cuando fue de noche se acostó en la misma cama y sintió a su lado se acostó un animal semejante a una oveja; le dio mucho miedo y quiso huir, pero ¿Cómo? No había luz y todo estaba atrancado.

Al día siguiente recorrió todos los rincones del palacio buscando el animal, pero no vio señal alguna.

Pasaron muchos días y la joven no veía la Mano Peluda, pero oía su voz cariñosa que al hacía olvidar su soledad, y eran satisfechos sus menores caprichos.

Cierto día fue a darse una vuelta por el bosque, y se le apareció una viejita apoyada en una varita; era una buena hada que amaba las niñas buenas, y la cual le preguntó qué andaba haciendo por esos lugares; la niña le dijo que buscaba al esposo y le contó su historia. Al hada le cayó en gracia la joven y se compadeció de ella.

– Toma – dijo la niña – esta candela y esta caja de fósforos; cuando te acuestes y calcules que el animal esté dormido, encienda la candela.
Y el hada desapareció.

La niña tomó el consejo del hada, y cuando el animal estaba bien privado, encendió la candela… ¡Y va viendo que era un bello joven con rostro de ángel el que estaba ahí! Se quedó contemplándolo tamaño rato, y por casualidad cayeron tres gotas de cera en la frente del joven, el cual se despertó al momento y la niña cayó al suelo sin conocimiento; él corrió a levantarla, y cuando hubo vuelto en sí, le dijo:

– ¡Niña hermosa, tú me has salvado…! ¡ ¡Yo soy el Príncipe de la dicha; en mi palacio, que hoy también es tuyo, viven todas las dichas del mundo! Una hada malévola, en venganza, me había convertido en una mano peluda para que todos huyeran de mí, y condenado a vivir así hasta que la bondad y constancia de una joven que se casara conmigo me dejara caer en la frente tres gotas de cera. Ésta en mi historia.

Cuando terminó de hablar el joven, se iluminó el palacio y se dejó oír de nuevo la música que llenaba de felicidad el alma de la niña.

Pronto fueron a visitar a las hermanas de la niña, y a traer al viejecito para que vivieran con ellos toda la vida en el hermoso Palacio de la Dicha

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