LA HISTORIA DE MANUEL PANIAGUA Y SU HACIENDA PALMARES. NARRADA EN UN LIBRO DE SU HIJO, EL LIC. FRANK PANIAGUA MENDOZA.

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LES DEJO EL CAPÍTULO MEDULAR DE LA FORMA EN QUE LA FAMILIA PANIAGUA FUE CONFISCADA.

 CAPÍTULO V. “HACIENDA PALMARES: LA GRAN CONFABULACIÓN.”

 La Biblia nos llama a poner un poco de atención a quién le enseñamos nuestras riquezas o tesoros. La amistad de mi padre con un candidato a la presidencia de la República le llevaría a uno de los episodios más dramáticos de su vida. El libro de MATEO en su capítulo 7 nos dice:

“7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
7:7 … y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
7:26 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;
7:27 y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.

Preparado el terreno como estaba en la coyuntura de los proyectos de expansión del BANCO CENTROAMERICANO DE INTEGRACIÓN ECONÓMICA, el gran político ya era diputado para entonces.  Hizo un acercamiento con mi padre, pues ya BAHÍA CULEBRA había sido escogida como el centro  del POLO TURÍSTICO en el PLAN MAESTRO de los POLOS TURISTICOS CENTROAMERICANOS.

La amistad con este señor no le dejaría a mi padre nada bueno. Llegó como una sigilosa neblina que despejaría el horizonte hacia un mundo de desarrollo nunca antes imaginable por la mente aldeana que caracterizaba al costarricense de esa época en materia turística.

Para el año 1963 mis padres tendrían cinco años de casados. Palmares fue su primera HACIENDA.  Contrajeron matrimonio en Filadelfia de Carrillo en 1958 y se fueron a vivir en una casita que les regalaron mis abuelos paternos como regalo de bodas. Mi madre aprendió mucho de mi Abuela TEODOSIA RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, una gran dama liberiana, Educadora de Profesión que dejó de ejercer cuando casó con mi abuelo MANUEL PANIAGUA SOTO. La casa de mis abuelos era muy amplia, muchas sirvientas. Ya en edad avanzada la actividad ganadera de mi abuelo se circunscribió a Paso de Tempisque de Palmira, había un corral cerca y desde allí se armó la lechería; sus inmuebles pasarían a manos de sus hijos. La Hacienda “La Culebra” pasó a mi tío Joaquín; las Brisas a tía Jeannette y así fue heredando a sus hijos. Su capital en dinero efectivo fue invertido en Bonos del ICE. Las grandes fiestas en esta casa son un recuerdo muy  lejano: mis tías llegarían desde San José; las cenas de navidad eran espectaculares. Recuerdo a mi madre sobresalir  por su belleza y a doña Edith quien no se le quedaba atrás. María Elena era modesta en sus modales, pero una gran mujer emprendedora, de gran valor y prestancia.  Tía Viria con su natural elegancia y simpatía; tía Noemy con su nítida sobriedad al vestir; la menor de ellas, tía Nidia, con su vocabulario refinado como Profesora de Español que era. Lely, Jeannette y Vilma vivían en Guanacaste y se mantuvieron cerca de mis abuelos siempre. Mis tíos Joaquín, Oldemar y José Omar eran de muy buen parecer. Mi padre no tenía rasgos físicos impresionantes como los de tío “Oldo”, quien levantaba pesas como afición; pero sobresalía por su personalidad alegre que remolineaba todo lo que a él se acercaba: bailaba, gritaba, se reía a carcajadas, hacía bromas. La formalidad en la cena era un ritual que la Abuela disfrutaba. Las empleadas trabajaban todo el día para preparar aquellas delicias de comida. Mi abuela era una mujer excepcional desde todo punto de vista.

La visita de políticos de la época era común en la casa de mis abuelos. Allí se gestó una amistad de mi padre con algunos representantes del antiguo Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales que darían origen al Partido Liberación Nacional.

No le fue extraña la visita que le hiciera a mi padre en su Hacienda Palmares en 1964 el gran líder carismático, solicitándole ayuda para sus campañas políticas, pues ya destacaba como político, un futuro diputado y hasta un próximo Presidente de la República. Mi padre le hizo varios regalos y le ayudó económicamente en sus aspiraciones. No sabía lo que le esperaría de esta relación. Este hombre siempre era acompañado de bonitas damas, a quienes presentaba como sus asistentes y en varias ocasiones mi padre los llevó a la playa de las Tortugas y a Nacascolo a darse un baño en el mar, bajo la sospecha suspicaz de mi madre del por qué a ella no se le invitaba a esos continuos paseos…

Un día de tantos, a inicios del año 1973, este político le presentó a mi padre a un supuesto inversionista, dado que para esa época ya se hablaba de un Megaproyecto turístico que financiaría el Banco Centroamericano de Integración Económica en Guanacaste.  Este supuesto inversionista habría comprado algunos terrenos a algunos campesinos de las zonas aledañas a Bahía Culebra.  Le haría una oferta de compra a mi padre de la Hacienda y aquí comenzó la tragedia de mi familia dada la poca malicia de mis padres ante rufianes de gran estirpe, como resultó ser este hombre. Los de “cuello blanco” no habían sido etiquetados en aquella época; pero su naturaleza siniestra es ancestral.

Le hace una oferta muy significativa por las  834  hectáreas de la finca; pero solo compra veinte hectáreas de ella. Además le indica que le venda 50 reses. Mi padre le dice que sí, pero que debe pagar todo el monto de la compra pues el ganado estaba comprometido en prenda ganadera con la Junta de Crédito del Banco Nacional de Costa Rica. Fue citado a San José para firmar las formalizaciones de venta de parte del inmueble y del ganado en la oficina del abogado del oferente.

Estando en San José, el famoso inversionista no llegó sino que lo hizo un tercero, quien dijo ser su apoderado, pues el comprador estaba fuera del país. Una vez firmada la escritura, el hombre de apellido extranjero latino y con cédula ocho (cédula que se le asigna a todos los que supuestamente nacieron en Costa Rica pero que no fueron reportados inmediatamente al Registro Civil)  le dijo a mi  padre que fueran al Banco.  A la salida del Bufete lo emboscaron, le pusieron un arma en la cabeza y lo amenazaron de muerte si pronunciaba su nombre a cualquier persona, amenaza que se extendería a mi madre, mis hermanos y a mí. Mi padre regresó sin ningún centavo producto de la venta del ganado y parte de la Hacienda. No pudo explicar por qué razón fuera de la casa, días después de haber llegado el inversionista por el ganado,  se encontraba un agente del Banco Nacional a realizar una inspección furtiva, sin aviso previo, y  él no tenía el ganado; pues el señor inversionista apareció y ya se había marchado con las reses en varios camiones. Mi madre supo que algo muy, pero muy malo,  le había pasado a mi padre en San José, pues evadía preguntas y se mostraba taciturno.  Poco tiempo después, cuando Jorge compraba alimentos en un pueblo cercano, en Guardia de Liberia, escuchó rumores de que apresarían a nuestro padre esa tarde. Jorge llevó el caballo a todo galope hacia la Hacienda. A escasos kilómetros de llegar a la casa  el caballo cedió y no dio más;  cayó al suelo de un infarto debido al cansancio, muriendo en el acto, cayendo Jorge debajo del caballo con todos los víveres. A como pudo, lleno de polvo y raspado por todos lados, emprendió el viaje corriendo hacia la casa frente al mar en El Mango y gritaba a mi madre: “dígale a mi papá que se esconda, que vienen por él”. Mi madre lo abrazó y le dijo: “tu papá ya lo sabía, los peones le avisaron que venían por mar y  que un avioneta circundaba los cielos en forma misteriosa”. Se había escondido en una caverna, y no lo encontraron. Los operativos de búsqueda llevarían días. Finalmente, mi madre le escribe una carta suplicándole que se entregara, pues los policías ya hablaban de capturarlo vivo o muerto. El peón de nuestra mayor confianza le llevaba alimentos a su guarida y finalmente la carta le fue entregada. Mi padre se entregó voluntariamente en el Cuartel de Liberia;  en el autobús que lo transportó a la ciudad Blanca un policía lo reconoció y le dijo que lo acompañara. Mi papá le explicó que iba a entregarse solo y que no  tratara de detenerlo por la fuerza, pues era innecesario.

Tiempo después, cuando ya no era polvo sino barro, llegaron unas personas uniformadas a visitar la casa. Habíamos quedado solos. Mi madre inmediatamente daría una orden a los empleados: llenar un tráiler con algunas cosas personales, algunos cerdos y gallinas. Saldríamos de allí esa misma tarde lluviosa. Las vacaciones se me hicieron muy cortas esta vez, pues fue en noviembre que salimos de Bahía Culebra. En el camino quedamos atascados en el barro. Un misterioso anciano montado en un caballo blanco ayudó a los peones a sacar el jeep del atascadero. Mi madre lloraba y siempre creí que lo hizo porque el carro se atascó. Hoy sé que sus lágrimas tiñeron el mar de rojo en Bahía Culebra y que, a partir de ese día, toda aquella Tierra quedó MALDITA…

Esa noche pernoctamos en la Casona de “LA CULEBRA” de tío Joaquín. Se sentía un fuerte olor a azufre…avanzada la noche se escucharían estruendos en la cocina como el sonido que da un centenar de platos cayendo en el suelo.  Nos levantábamos a averiguar qué pasaba y… todo estaba en orden. Fue una noche de terror, pues el evento pasó una y otra vez, más de tres ocasiones…”

Diario Digital El Independiente,Edgar Canton.

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