Un nuevo Guanacasteco debe emerger…

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Fuente: Faustino Sequerira.

Hoy les voy a caer mal a más de uno, pero creo que es hora de tomar el toro por los cuernos y llamar las cosas por su nombre.

Históricamente Guanacaste, Puntarenas y Limón han sido las cenicientas de este país pese a su enorme riqueza natural y a su potencial humano.

Durante mucho tiempo las provincias más bellas de Costa Rica solo han servido para hacer el trabajo sucio sin recibir el trato que se merecen. Guanacaste es una de ellas.

La pobreza, el bajo nivel educativo y la explotación inmisericorde de sus recursos naturales y humanos han sido la norma y no la excepción.

Pese a nuestro gran aporte a la economía nacional hemos sido tratados como ciudadanos de segunda clase. No fue sino hasta hace unas cuantas décadas que se nos abrió un pequeño mundo de oportunidades educativas y de desarrollo que no compensan el bagaje deficitario que arrastramos.

Durante mucho tiempo nuestros ancestros fueron limitados en sus oportunidades de desarrollo personal y económico. Fueron reducidos a una población de sabaneros, cocineras y peones sin ningún derecho a la superación.

Encontraron una manera muy fácil de complacer a sus pobladores con elogios al sabanero con sus bombas y retahílas, pero con la idea de mantenerlo ahí, postrado en sus miserias e ignorancia.

Aunque es deber de todo guanacasteco conservar nuestras tradiciones, Guanacaste tiene que dejar de ser visto como el circo de los guipipías, bombas y montas de toros para dar paso a un nuevo Guanacaste rebosante y próspero. Pero para ello también tiene que nacer un nuevo guanacasteco dentro de nuestra juventud que luche por su provincia.

Un guanacasteco estudioso, que perciba su realidad, que detecte sus fortalezas y sus debilidades; que esté dispuesto a hacer un alto en el camino y tomar el rumbo que lo conduzca a un buen puerto, que se esfuerce por dejar a sus herederos la provincia que se merecen.

Podemos empezar luchando por evitar que siga la destrucción de nuestros suelos, ríos y exangües bosques.

Debemos parar la maldita siembra de la caña de azúcar y su efecto invernadero que se convertirá en un mal irreversible.

Que quede claro que no estoy en contra de conservar nuestras tradiciones, pero no podemos seguir viviendo solo de ellas.

Diario Digital El Independiente. Edgar Cantón

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