Las realidades de los cortadores de caña.

Corta de caña

Cortando caña. La historia detrás del azúcar

Son las cinco treinta de la mañana, se escucha el ruido de un motor que se ahoga mientras avanza, es un camión viejo y grande que intenta estacionarse. Ha llegado a las galeras hombres jóvenes y mayores, algunos con gorra, otros con sombrero y otros pocos con tenis; mujeres y niños se concentran afuera de la reja caída que protege la galera en donde viven. Con garrafas en mano y morrales al hombro, donde guardan comida, el machete y su afilador, se alistan para subir al vehículo que los llevará al campo. Alrededor de unos ochenta empiezan a subir a la caja del camión. No hay voces, sólo silencio y el estrujar que causan las pisadas en la madera vieja que cubre el piso. El camión se ha llenado; unos cuantos se sientan, otros van de pie agarrados de las cadenas que penden de la plataforma cuidando de no caerse cuando el camión se estremezca. En el camino sólo se ven unos a otros; no hay pláticas, no hay risas, algunos se abrazan así mismos por el frío que provoca el aire, otros simplemente ven lo que queda a los lejos. Después de veinte minutos han llegado a su destino. Son los cortadores y cortadoras de caña que regresan una vez más para continuar con su trabajo que desde hace ocho días comenzó.

Así empiezan las historias no tan dulces de los hombres mujeres y niños, que con su trabajo, inician después de la siembra la labor más difícil y pesada en el proceso, que es la de cortar caña, para abastecer al ingenio más importante y grande del país.

Con lima en mano, se afila el machete para iniciar la labor más pesada de la agroindustria azucarera, y la peor pagada. De la destreza y la habilidad para manejar el machete y abrazar la caña dependerá el pago de cada uno de los cortadores. La experiencia de unos, que desde niños aprendieron a cortar caña, facilita más el trabajo, sin embargo hay otros que apenas empiezan en esta tarea y tendrán que lidiar con la pesadez del calor, las “estillas mielosas” y la fatiga de diez horas de corte.

Un cortador de treinta años de edad, aprendió bien de su padre el arte de cortar caña. La rapidez y destreza con que maneja el machete hacen que de un sólo golpe corte cuatro cañas. Con uniforme improvisado para evitar que el sol queme más, se mueve hábilmente entre los cañaverales. Sus manos son ásperas y fuertes; ya se han acostumbrado al filo del machete.

Así es nuestra vida, a mí me enseñaron a cortar, yo también tengo que enseñarle a mi hijo. Hemos aprendido a vivir así. Para nosotros la caña es parte de nuestra vida.

El corte de caña es uno de los trabajos agrícolas más duros. Al ser trabajo a destajo implica una presión y un desgaste físico enorme. Cada día el cortador puede llegar a cortar hasta una tonelada y media.

Es posible que los trabajadores lleguen a cortar hasta dos toneladas, pero al no tener ellos ninguna representación en el batey que es donde se pesa la caña que va a entrar a los molinos del ingenio y quienes pesan, le van quitando caña a cada uno de los cortadores, cobrando así hasta cuatro o cinco toneladas por día, dinero que proviene del trabajo y el esfuerzo ajeno.

Un hombre de setenta años que es cortador caña desde los ocho años. A pesar de su avanzada edad se esfuerza por arrancar la caña. Pretende al igual que sus demás compañeros alcanzar a sacar tonelada y media. Dice que últimamente no lo ha logrado, que ya lo está rebasando la vejez. Aunque lo acompaña su hijo, dice que él también necesita “sacar pa’ sus frijoles”. Al preguntarle acerca de su experiencia sobre este trabajo, menciona que alguien tiene que hacerlo, pues “tal vez era nuestro destino”.

A la una de la tarde, va duro el trabajo, pero es hora de comer algo. Entre los morrales que cargan, cada uno saca su comida; no es mucha pero han aprendido a llenarse con la tortilla, que es el alimento que todos comparten. Todos van a un paso, tienen que comer rápido porque sólo quedan alrededor de cuatro o cinco horas de luz, y tienen que asegurar el corte. No hay tiempo para platicar. El tiempo pasa rápido, y la caña espera.

El primero que se levanta para adentrarse nuevamente al cañaveral, un niño de doce años. viene con sus dos hermanos mayores, de quince y diecisiete años. Los tres tienen que redoblar esfuerzos, ya que su padre está enfermo y se ha quedado en las galeras.

Estos días he cortado más, porque mi papá está enfermo, ese sí que saca harta caña, por eso nos tenemos que apurar.

Tal vez el trabajo del corte de caña en todas sus dimensiones como expresión de desigualdad, pobreza y marginación ya no importe ni políticamente ni socialmente.

El sol se está ocultando, ya no queda mucho por hacer. Para todos ha terminado la jornada. El cansancio se refleja en sus rostros sudorosos y en sus pasos más lentos.

Diario Digital El Independiente,Edgar Canton.

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