Guanacaste y la Virgen de los Ángeles: aproximación histórico-crítica

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 Fuente: Ronal Vargas.

“Indiscutiblemente el patronazgo de la Virgen de los Ángeles sobre Costa Rica nació al mismo tiempo que la Anexión del partido de Nicoya para construir la nueva patria”.

 

A finales del siglo XIX la iglesia costarricense respondió ante los furibundos ataques de los liberales fundando su propio partido político y “sacralizando el espacio”, a fin de fortalecer la unidad religiosa de los costarricenses al unirlos bajo el culto de la Virgen de los Ángeles, a lo cual los liberales respondieron imponiendo el matrimonio civil, quitándole la administración de los cementerios, secularizando la educación y fortaleciendo el culto civil al héroe-soldado Juan Santamaría.

Sin tomar plena conciencia de las posibles consecuencias de su accionar, la Iglesia Católica colaboró en el proyecto de los liberales legitimando el orden social que estos impulsaban y sacralizando el espacio en que aquellos construían su nuevo modelo de Estado no confesional, ligándose así definitivamente fe, identidad patria y una nueva historia compartida. Con el mismo propósito las autoridades liberales comenzaron a tomar más en serio la Anexión del partido de Nicoya, procurando mayores inversiones para la provincia de Guanacaste, creando nuevos cantones, construyendo puentes y con la promesa de un tren pampero.

Hubo quienes a principios del siglo XX intentaron interpretar los acontecimientos de la victoria frente a los filibusteros atribuyéndolos a la intercesión de la Virgen de los Ángeles. Históricamente esto resultaba poco probable, pues en 1856 tal culto mariano todavía era estrictamente cartaginés y no había trascendido al ámbito nacional, a pesar de la declaratoria de su patronazgo patrio treinta y dos años antes.

Recordamos que la tradición (o la leyenda, según algunos historiadores), nos dice que fue un 2 de agosto de 1635 cuando se dio el hallazgo (no la aparición) de la pequeña imagen de la Virgen de los Ángeles a una humilde mulata llamada Juana Pereira y sólo cuatro años después se construiría en Cartago el primer templo en su honor… Por la serie de hallazgos inusuales de esta imagen junto a la quebrada, Monseñor Sanabria acostumbraba llamar a la imagen de La Negrita “la encontradiza” (y no la aparecida).

El siglo XIX vio nacer nuestra nacionalidad costarricense a partir de 1821, fecha en que nos independizamos de España y poco después de Guatemala, pero… ¿hacia dónde íbamos? Había que darle dirección, identidad y sustento patrio a la Nación tica que recién nacía. Fue entonces cuando se sucedieron varios acontecimientos y decisiones políticas que darán para siempre un nuevo rostro a esta floreciente población nacional.

Un año después de proclamada la independencia se viene el terrible terremoto de la entonces ciudad capital de Cartago (1822), situación adversa que aprovecha la opulenta ciudad de San José, aliada con Heredia, para arrebatarle la capital al año siguiente en la batalla de Ochomogo (1823). Como premio de consolación para la muy Noble y Leal ciudad de Cartago se da en setiembre de 1824 la declaratoria del patronazgo de la Virgen de los Ángeles sobre Costa Rica, humilde reinado religioso que permanece hasta el día de hoy desde aquella nueva capital de la fe cristiana que acababa de perder todo su poderío político y militar.

No tan casualmente, el 25 de julio del mismo año sucede la Anexión del Partido de Nicoya, precisamente cuando los cultivos de café se adueñaban de la Meseta Central y hubo que desplazar la ganadería a tierras lejanas; dónde mejor que a estas pampas que eran tierras de todos y de nadie, y que venían siendo apropiadas desde los despoblados territorios de Liberia (Guanacaste) y La Cruz (tierras baldías) por poderosos hacendados “ausentes”, de Rivas, Nicaragua, quienes amenazaban introducirse más adentro del entonces Partido de Nicoya. A partir de estos años el ganado y la sabana con pequeños potreros y grandes bosques se convertirían en el paisaje habitual de la pampa guanacasteca, y la deforestación de maderas preciosas, más que la ganadería, continuaría dando grandes riquezas a los hacendados.

Los acontecimientos históricos anteriores están íntimamente relacionados entorno a la creación de una nacionalidad compartida. Y qué mejor que ponerle una PATRONA celestial a los ticos en un tiempo en que la Constitución Política prohibía cualquier otra religión que no fuera la católica. Además ya estaba desgastada la anterior devoción nacional, la Virgen de Ujarrás, por sus sobreabundantes rasgos españoles que ya no resultaban atractivos para la nueva población, ahora independiente de España: sus días como la principal imagen mariana en el país llegaban a su fin; la imagen negrita venció a la de tez blanca; la pequeña de tan solo 20 centímetros venció a la más chompolona; la imagen de piedra simple venció a la de madera preciosa; la madre que chinea al niño en su brazo izquierdo venció a la matrona virginal con brazos dominantes e imponentes; la imagen cuyos principales seguidores eran los pobres venció a la de Ujarrás, cuyos principales devotos eran los castellanos adinerados, la imagen de la orden franciscana venció a la imagen de la orden dominica.  La Negrita de los ángeles, sencilla imagen popular, venció a la fina escultura española de Nuestra señora del rescate de Ujarrás, triunfo que con el paso del tiempo la clase alta del país tendría que asumir, imponiéndole a la imagen nobles metales y piedras preciosas bajo una gran corona de oro a modo de custodia, que ocultaría a sus devotos pobres la contemplación real de su pequeñez.

Es sospechosamente extraño en la historiografía nacional cómo la imagen de La Negrita fue invisibilizada por tantos años desde su hallazgo en 1635 hasta que se le declaró primero patrona de Cartago (1782), y posteriormente de Costa Rica (1824). Igualmente es extraño también cómo nuestra provincia de Guanacaste fue invisibilizada después de la Anexión, a tal punto que el 25 de enero de 1825 los primeros legisladores de Costa Rica proclaman este día la nueva Constitución Política, pero olvidaron un pequeño gran detalle: incluir como parte del territorio nacional a lo que hoy conforma la totalidad de la provincia de Guanacaste, poniendo como límite nacional el Río Salto entre Bagaces y Liberia (entonces Guanacaste)… Hoy seguimos invisibilizados para muchos legisladores y políticos del Gobierno que creen todavía que Costa Rica es la Meseta Central y sólo recuerdan esta empobrecida provincia para tiempos electorales y las huecas promesas de los 25 de julio.

Así es nuestra provincia de Guanacaste, nacida en la misma cuna nacional que la Virgen de los Ángeles: grande de extensión pero pequeña de población; habitada por muchos pobres pero acaparada por pocos pudientes; rica en muchos recursos terrestres y marinos pero empobrecida por las políticas centralistas; sencilla y pobre en su gente, pero impactada en su paisaje por la opulencia del sector turístico, poco solidario con el progreso regional. Esta transformación provincial ha propiciado que nuestro folclor y la rica cultura chorotega haya sido obligada a adquirir rasgos foráneos impuestos.

Como a la sencilla imagen de La Negrita recargada de joyas y alhajas, a Guanacaste le han impuesto en las costas inmensas construcciones turísticas que ocultan la realidad de las paupérrimas casas de los pescadores. Las riquezas naturales en nuestros suelos han sido incrustadas como las piedras preciosas en la imagen de La Negrita, para producir cemento, oro, mármol y electricidad, junto a los grandes monocultivos de arroz, caña y melones que desaparecen del paisaje a las pocas familias campesinas que sobreviven a duras penas ante las políticas anti agrarias de los gobiernos neoliberales.

En su diaria lucha por sobrevivir, al igual que La Negrita encontradiza, las personas originarias de esta provincia se han esparcido como las rosquillas y las tanelas por todo Costa Rica y bien se nos podría denominar igual que a la imagen patronal: “los encontradizos” (en vez del despectivo “nicas regalados” o guanacos), pues en cualquier humilde trabajo de la Mesta Central (choferes, bodegueros, peones, guachimanes, guardas, empleadas domésticas o de tiendas) o bien, en las zonas agrícolas, cafetaleras o bananeras, allí están nuestros conciudadanos guanacastecos(as) laborando bajo el sol inclemente, tal como lo hicieron desde su niñez en esta pampa de contrastes.

Diario Digital El Independiente. Edgar Cantón

 

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